sábado, 28 de marzo de 2009




El disfraz.

Vamos caminando por la vida sin saber exactamente ni quiénes somos ni para qué estamos.

Nos vamos formando de tal manera de encajar cada vez más perfectamente en la sociedad en que vivimos y somos tan exactos que realmente llega un momento en que creemos lo que fabricamos de nosotros mismos, llámese: empleado, doctor, abogado, ingeniero, carpintero, mecánico, etc.

Nuestro objetivo en la vida, nuestro para qué existo se reduce al simple destino de lograr tener una casa, un auto, vacaciones, jubilación...

El disfraz que fuimos armando termina siendo una coraza tan hermética, que aquello que realmente somos aparentemente deja de existir.

Nos convencemos que la coraza es lo que somos. Cuando nos viene el recuerdo de nuestra infancia simplemente nos observamos como ¡qué simpático niño!. Desvalorizando aquellos sentimientos, esas voces internas que nos indicaban fuertemente dónde estaba el camino, y que nos hacían ver quiénes somos verdaderamente.

Es tan fuerte la necesidad de agradar, de ser queridos, de estar insertos en la sociedad, y al mismo tiempo es tan fuerte el miedo a equivocarnos, a ser distintos, a tener ideas propias que vamos lentamente y con mucho esfuerzo y dolor callando las voces internas.

Día a día perfeccionamos la coraza que inventamos, suponiendo ser mejores y teniendo así menos miedo. En realidad, nos alejamos cada vez más de nuestro verdadero ser y esa es la verdadera pérdida.

Esta es la situación que nos trae mayor sufrimiento.

Cuanto más permiso nos damos para ser, más bienaventuranzas hay en nuestras vidas. Pero confundimos el ser libre con tener una vida disipada, o sin compromiso. La verdadera libertad está dentro nuestro y no afuera. El mundo en el que vivimos nos atrapa todo el tiempo llevándonos a mirar hacia fuera:

A ver qué hizo aquél.
Qué consiguió el de enfrente.
Cómo resolvió aquél otro.
Qué compró el vecino.

Por eso la TV está llena de programas de chismes, y a todos les va bien.

Es molesto estar mirando para adentro. Es molesto ver los aspectos de nuestra personalidad que no van más. Es molesto ocupar nuestra energía en transformarnos. Es más cómodo criticar, estar pendientes de lo que hacen los otros, mirar los defectos y hablar con terceros sobre los errores de los demás. Gastar energía en chismorreo, burlas que a nuestro disfraz lo hacen sentir que vale más. Buscamos cualquier comparación para desvalorizar o menospreciar al prójimo y así sentirnos importantes, inteligentes, superiores. Cualquier situación que alimenta nuestro disfraz nos sirve para confundirnos y seguir creyendo que lo valioso está fuera y no dentro nuestro.

Cuento: En cierta ocasión se reunieron todos los dioses y decidieron crear al hombre y la mujer; planearon hacerlos a su imagen y semejanza; entonces uno de ellos dijo: “...esperen, si los vamos a hacer a nuestra imagen y semejanza van a tener un cuerpo igual al nuestro, fuerza e inteligencia igual a la nuestra, debemos pensar en algo que los diferencie de nosotros, de no ser así, estaríamos creando nuevos dioses”.

“Debemos quitarles algo, pero, ¿qué les quitaremos?” Después de mucho pensar uno de ellos dijo: “Ah, ya sé!, vamos a quitarles la felicidad, pero el problema va a ser donde esconderla para que no la encuentren jamás”.

Propuso el primero: “Vamos a esconderla en la cima del monte más alto del mundo”; a lo que inmediatamente repuso otro: “no, recuerda que les dimos fuerza, alguna vez alguien subirá y la encontrará, y si la encuentra uno, todos sabrán dónde está”.

Luego propuso otro: “Entonces vamos a guardarla en el fondo del mar”, y otro contestó: “no, recuerda que les dimos inteligencia, alguna vez alguien construirá una esquina por la que pueda entrar y bajar, y entonces la encontrará”. Uno más dijo: “Escondámosla en un planeta lejano a la Tierra”. Y le dijeron todos: “recuerda que les dimos inteligencia, y un día alguien construirá una nave en la que pueda viajar a otros planetas y la descubrirá, y entonces todos tendrán felicidad y serán iguales a nosotros”.
El último de ellos, era un dios que había permanecido en silencio escuchando atentamente cada una de las propuestas de los demás dioses, analizando en silencio cada una de ellas y entonces, rompió el silencio y dijo: “Creo saber dónde ponerla para que realmente nunca la encuentren”. Todos voltearon asombrados y preguntaron al unísono: “¿En dónde?”.

“La esconderemos dentro de ellos mismos, estarán tan ocupados buscándola fuera, que nunca la encontrarán”. Todos estuvieron de acuerdo, y desde entonces ha sido así, el hombre se pasa la vida buscando la felicidad sin saber que la trae consigo...

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